Marbella Club, A World of Its Own

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Marbella Club, A World of Its Own

Paula Prieto
Hay lugares que se sienten especialmente bien al final del verano. Marbella Club es uno de ellos. Entre el Mediterráneo y la montaña de La Concha, el hotel reúne jardines, playa, gastronomía y bienestar en una finca que parece existir a otro ritmo.

En 1954, Alfonso von Hohenlohe transformó la finca Santa Margarita en un hotel de apenas 20 habitaciones. Lo que empezó como un refugio privado terminaría convirtiéndose en uno de los puntos de encuentro más reconocibles de Marbella. Sin embargo, parte de la identidad del Marbella Club se encuentra precisamente en aquello que lo distingue de un hotel mediterráneo convencional.
Su historia no se construyó únicamente a partir de su ubicación frente al mar, sino también de los lugares que formaban parte del mundo de su fundador. Los bungalows recuperan referencias de la arquitectura californiana; el Beach Club mira hacia el Acapulco de los años cincuenta, y la historia del pádel en Europa también pasa por aquí, después de que Alfonso conociera este deporte en México y llevara la idea a Marbella.
Esas influencias conviven con una finca de jardines, patios y fachadas blancas que conserva algo de su origen andaluz. Más que responder a una sola estética, el hotel ha desarrollado una identidad propia, construida a lo largo de siete décadas a partir de distintas culturas, formas de vivir y maneras de entender el Mediterráneo.
Durante los días que pasé aquí, esa identidad se hizo más evidente al recorrer sus distintos espacios. La playa, los restaurantes y los jardines forman parte de una misma experiencia, pero es Finca Ana María donde la relación entre naturaleza, gastronomía y bienestar adquiere una dimensión distinta.


El primer contacto es con el Mediterráneo. Después del check-in, el Beach Club es una primera aproximación a ese universo: la palapa, la mesa frente al mar y una estética que recupera el espíritu de Acapulco en los años cincuenta. Su propuesta gastronómica sigue esa misma mezcla de influencias, con pescado, mariscos, ceviches y aguachiles que conviven con los clásicos de un restaurante frente a la playa.
Pero Marbella Club no se entiende únicamente desde la costa. Basta alejarse unos pasos del mar para que el paisaje cambie. Los jardines, formados por pinos, palmeras, buganvilias y otras especies, conservan algo de aquella finca mediterránea que existía antes de convertirse en hotel. No funcionan solo como un elemento decorativo: conectan los distintos espacios y forman parte de la experiencia cotidiana de recorrer el lugar.
Esa relación con la naturaleza se extiende hasta Finca Ana María, una de las áreas donde mejor se aprecia. Sus diez jardines incluyen un gabinete de curiosidades, un laberinto de acacias, un jardín de tomates y un huerto que abastece a los restaurantes y al spa. Aquí, el paisaje también tiene una función práctica. Lo que crece entre las plantas llega a la mesa y forma parte de una propuesta que conecta gastronomía, entorno y bienestar.




La cocina es otra manera de acercarse a la historia del hotel. En El Patio, rodeado de vegetación, la cena invita a prolongar la sobremesa; en El Grill, los grandes árboles, el servicio clásico y la cocina alrededor del fuego mantienen una atmósfera más tradicional. Son espacios distintos, pero ambos reflejan una de las constantes de Marbella Club: una hospitalidad que no depende de llamar la atención, sino de la continuidad de ciertos rituales.


Por la mañana, El Grill también conserva esa sensación de familiaridad. Su desayuno buffet y sus recetas transmitidas durante generaciones forman parte de una experiencia que parece haber encontrado su propio ritmo. Desde aquí, una bicicleta permite cambiar temporalmente los jardines por las calles de Marbella y llegar hasta el casco antiguo.



De regreso, MC Beach recupera el espíritu de los chiringuitos malagueños, con pescado fresco, sardinas al espeto, mariscos y arroces servidos prácticamente sobre la arena.
La relación con el entorno adquiere otra dimensión en Finca Ana María, donde se encuentra el Herbal Spa. Durante mi estancia probé el Ritual del Descanso, que comienza con un baño de infusiones de lavanda y manzanilla y continúa con un masaje con aceites y caléndula. La experiencia se desarrolla entre vegetación y aromas que remiten al paisaje de la finca. Más que una actividad independiente del resto del viaje, el tratamiento se integra en una propuesta de bienestar que encuentra parte de su identidad en el entorno.


El hotel también cuenta con el Thalasso Spa, dedicado a la talasoterapia y al uso del agua marina. Su propuesta incluye una alberca de agua de mar, tratamientos y rituales personalizados. Aunque no probé este espacio, su enfoque amplía la relación entre el bienestar y el Mediterráneo desde otra perspectiva: el agua como centro de la experiencia.



La misma idea aparece fuera del spa. Las sesiones de tai chi, las terapias de contraste de calor y frío y las actividades al aire libre forman parte de una oferta que combina movimiento, descanso y contacto con la naturaleza. No todo sucede en una camilla o dentro de una sala de tratamientos; también hay espacio para cambiar de ritmo y explorar otras formas de bienestar durante la estancia.


En Finca Ana María, esa conexión vuelve a la mesa. El jardín reúne más de cien variedades de tomates ancestrales y la experiencia comienza entre las plantas, antes de continuar con un menú creado alrededor de este ingrediente. Es uno de los ejemplos más concretos de cómo el paisaje participa en distintas partes de la vida del hotel, desde la cocina hasta sus propuestas de bienestar.

La finca guarda, además, un vínculo con otra de las influencias que marcaron la historia de Marbella Club. Allí se recuperó la pista de pádel original, relacionada con la llegada de este deporte desde México. El recorrido entre jardines y espacios deportivos termina por reunir dos facetas que podrían parecer distintas, pero que forman parte de la misma historia: la de un hotel que ha incorporado ideas de otros lugares hasta hacerlas propias.



Al caer la tarde, el ambiente vuelve a cambiar. Durante los meses de verano, el Summer Bar es un punto de encuentro para tomar algo entre la vegetación; durante el resto del año, espacios como Rudi’s mantienen la tradición del aperitivo. La noche puede continuar en El Grill, con sus velas, la terraza y la cocina alrededor del fuego, o en El Patio, donde la sobremesa encuentra un escenario distinto.


La experiencia también incluye tiempo para recorrer las boutiques del hotel. A lo largo de los años, Marbella Club ha atraído a firmas de moda y lujo que encuentran en sus jardines y espacios un escenario natural para sus propuestas. Esa relación con el mundo creativo forma parte de una identidad que no se limita a la hospitalidad, sino que también ha convertido al hotel en un punto de encuentro para distintas comunidades.


Antes de despedirme, una última parada en El Obrador permite acercarse a la parte más artesanal de la gastronomía del hotel, con panes, repostería y dulces preparados en el propio espacio.

Después, el camino vuelve a llevar hacia la playa. Tras varios días entre jardines, restaurantes y tratamientos, regresar al mar parece una manera natural de cerrar la estancia.
Marbella Club reúne muchas de las imágenes que asociamos con el Mediterráneo, pero su historia demuestra que su identidad nunca ha dependido de una sola influencia. Andalucía convive con California y Acapulco; la gastronomía se relaciona con los jardines, y el bienestar forma parte de una experiencia que se extiende más allá del spa. Quizá ahí se encuentre la razón por la que el hotel sigue sintiéndose como un mundo propio: no en haber permanecido exactamente igual desde 1954, sino en haber incorporado nuevas ideas sin perder de vista aquello que lo hace reconocible.
FOTOGRAFÍAS: PAULA PRIETO para L’BEAUTÉ
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