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‘Cuir Saddle’, el nuevo perfume de Christian Dior

‘Cuir Saddle’, el nuevo perfume de Christian Dior

Cuir Saddle, el nuevo perfume de Christian Dior

le soin noir

L'Beauté

Francis Kurkdjian, Director de Creación de Perfumes en Parfums Christian Dior, transforma la herencia olfativa de la maison en una experiencia contemporánea y emocional. En una entrevista exclusiva, nos platica sobre la nueva fragancia de Dior, Cuir Saddle.

El cuero suele asociarse con notas ahumadas. ¿Qué te inspiró a mezclarlo con  facetas florales? 

Mi inspiración nació de una expresión francesa que me parece muy poética: à fleur de  peau, que literalmente significa “a flor de piel”. En francés, “fleur” (flor) y “peau” (piel)  crean un juego de palabras que habla de sensibilidad, de algo que se percibe casi por  instinto, como un roce. Quise traducir esa idea en una fragancia: capturar lo íntimo, lo  sutil, lo que apenas toca la piel pero deja una huella emocional. 

Por eso, las flores se convirtieron en el eje del perfume. No son florales intensas ni  dulces, sino ligeras, cercanas, con la textura suave de la piel. La parte floral le da un  tono humano y sensual, sin imponerse. 

Y al mismo tiempo, el cuero aparece como un contraste. Si lo imagino en colores, sería  una gran capa blanca —la flor— sobre la que cae una gota negra: el cuero. Esa pequeña  dosis basta para transformar todo el conjunto. Cuir Saddle no huele a cuero como tal,  sino a la sensación del cuero sobre la piel, a ese calor, esa textura que se vuelve casi  emocional. 

¿Cómo combinas tu firma olfativa con el legado de Dior? 

Lo que más me gusta de trabajar para una casa como Dior es la posibilidad de entrar en  la mente de otro creador. No es lo mismo trabajar en Dior con John Galliano que para Galliano; cada diseñador tiene su propio universo, su manera particular de entender la  elegancia. 

Cuando trabajaba con Christopher Bailey en Burberry, todo giraba en torno a la  identidad británica. En Dior, con Galliano, era otra historia completamente distinta: su  idea de la feminidad y del exceso era teatral, intensa, llena de emoción. Luego, al  trabajar con Hedi Slimane, el enfoque fue opuesto: minimalista, puro, casi silencioso. Y  con Kim Jones, todo se volvió más contemporáneo, más en conexión con el presente. 

Siempre intento encontrar algo de mí en ese proceso, aunque sea solo un uno por  ciento, y convertir ese uno por ciento en algo que represente al cien por ciento mi  sensibilidad. Es fascinante observar cómo cada diseñador logra combinar el pasado y el  presente a través de su visión del aroma. 

Para mí, crear en Dior es como actuar: en mi propia maison, escribo y dirijo mis  historias; en Dior, interpreto las de otro. Pero, de alguna manera, la presencia de  Christian Dior siempre está ahí, invisible pero constante, marcando el tono y  recordándome que cada creación debe reflejar el espíritu de la casa.

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En el caso de Cuir Saddle, ¿cómo lograste traducir esa sensación física y emocional  en una fragancia? 

Cuando huelo algo —ya sea un perfume o la piel de alguien—, lo visualizo. En mi mente,  los aromas tienen forma, textura y temperatura. Algunos son ásperos, otros delicados,  otros afilados o metálicos. Con Cuir Saddle quería crear algo diferente: una forma más orgánica, más redondeada, más suave, que evocara el movimiento natural del cuerpo y  la piel. 

Siempre necesito apoyarme en palabras e imágenes para construir una fragancia; los  ingredientes son solo herramientas. Si utilizas limón, huele a limón, pero cuando logras  que ese limón desaparezca, se convierte en otra cosa: una sensación, una emoción. No me gustan los perfumes que se explican a sí mismos. Un perfume debe conservar un  poco de misterio, una parte invisible que invite a imaginar. 

Por eso no suelo hablar de notas, sino de emociones. Lo importante no es el material,  sino la textura y la impresión que deja. Antes de empezar a componer, comparto con mi  equipo lo que quiero lograr: la atmósfera, la emoción, la historia detrás del aroma. A  partir de ahí, todo se construye con imágenes, palabras y sensaciones. 

Para mí, el perfume es algo táctil. No solo se huele, se siente. Es una experiencia que se  posa sobre la piel, una emoción que se vuelve parte de ti.

El cuero suele asociarse con sensualidad. ¿Cómo equilibraste ese aspecto entre lo  masculino y lo femenino? 

La relación entre el cuero y la sensualidad siempre ha sido muy fuerte, pero también  muy cambiante. Tradicionalmente, las notas de cuero se han asociado con el universo  masculino —por su carácter ahumado, profundo, envolvente—, pero esa es una  percepción que hoy me resulta casi obsoleta. En realidad, la masculinidad y la  feminidad son conceptos cada vez más difíciles de definir. 

Cuando trabajo en una fragancia, no pienso en si será para un hombre o para una  mujer. Me concentro en la historia que quiero contar, en la emoción que quiero  transmitir. Y si la historia es genuina, si tiene coherencia, el resultado inevitablemente  será libre de género. 

El cuero tiene esa cualidad: es materia y emoción al mismo tiempo. Tiene fuerza, pero  también ternura; tiene estructura, pero puede ser suave, flexible, táctil. Esa dualidad lo  hace profundamente humano.

Históricamente, además, las fragancias de cuero fueron llevadas por mujeres antes que  por hombres. En los años veinte, las mujeres modernas —las flappers— comenzaron a  usarlas como una declaración de independencia. Eran mujeres que trabajaban, que  fumaban, que conducían, que cortaban su cabello y tomaban el control de su vida. El  cuero representaba exactamente eso: libertad. 

Con Cuir Saddle quise rescatar esa idea. No se trata de un perfume masculino o  femenino, sino de un perfume vivo. Uno que se adapta a la persona, a su piel, a su  historia. El cuero aquí no pertenece a nadie; simplemente existe, se siente, y acompaña.

Describes Cuir Saddle como una “segunda piel”. ¿Cómo se diseña una fragancia  para que se sienta lujosa? 

Para mí, el lujo no se define por el precio, sino por la textura y la emoción. En la moda,  puedes reconocerlo con solo rozar una prenda: la caída de una tela, la suavidad de un  buen cashmere, el detalle en una costura. En perfumería, el lujo se construye igual, pero  con notas. Se trata de cómo colocas una capa sobre otra, cómo permites que las  materias se encuentren y respiren entre sí. 

Podríamos hablar de vainilla, por ejemplo. La vainillina cuesta apenas unos euros por  kilo, mientras que un extracto natural puede llegar a miles. Pero el lujo no reside en eso.  Está en la manera en que trabajas esa materia, en la precisión con la que la haces  dialogar con otras, en la paciencia del gesto. 

La calidad de un perfume se mide por su difusión, su permanencia y su equilibrio. Un  perfume bien hecho vive sobre la piel, se adapta, cambia contigo. Eso es lo que lo  vuelve irremplazable.

En definitiva, el lujo es un sentimiento: esa conexión invisible entre la piel, la memoria y  la emoción. Un perfume es verdaderamente lujoso cuando se vuelve irremplazable, no  puedes vivir sin él.


El bolso Saddle ha sido una gran fuente de inspiración. ¿Qué te atrajo de él al  crear esta fragancia? 

El Saddle bag siempre me ha parecido un objeto fascinante. Su forma es orgánica, casi  anatómica. No tiene ángulos ni rigidez; se adapta al cuerpo, se mueve con él, se apoya  naturalmente sobre la piel. Esa relación tan física y cercana fue el punto de partida para  imaginar Cuir Saddle. 

Cuando observas el bolso, te das cuenta de que, con el tiempo, adopta la forma de  quien lo lleva. La piel del bolso se moldea, se suaviza, guarda la huella del cuerpo.  Quería que el perfume tuviera exactamente esa cualidad: que se fundiera con la piel,  que la acompañara, que se volviera una extensión natural de quien lo usa.

El cuero, en este caso, no debía ser oscuro ni imponente, sino ligero, envolvente, casi  translúcido. Buscaba una sensación de suavidad, de calidez, algo íntimo que evocara el  contacto, la cercanía. Me interesaba ese instante en que el cuero deja de ser un material  y se transforma en algo vivo, que respira contigo. 

Cuir Saddle es eso: un perfume que abraza. Es la idea de un aroma que se posa sobre  la piel, la calienta, y se vuelve parte de ti sin que te des cuenta —como un bolso que, con  el tiempo, deja de sentirse como un accesorio y se convierte en algo propio, en algo  que pertenece a ti tanto como tu propio cuerpo.

¿Habías trabajado antes con notas de cuero para Dior? 

No, no en esta colección. Había explorado notas amaderadas, como en Bois de  Lisbonne, donde trabajé con vainilla y madera de cedro, pero no había abordado el  cuero directamente. Me parecía que era el momento de hacerlo, de volver a conectar la  moda y la perfumería a través de un material que es, en esencia, parte del ADN de Dior.

El cuero siempre ha tenido un lugar especial en la historia de la maison. Está presente  en los bolsos, en los zapatos, en los guantes, en todos esos objetos que acompañan al  cuerpo y que, con el tiempo, adquieren una forma propia, casi humana. Desde los  primeros años de la casa, Dior ha trabajado con los artesanos más talentosos en  marroquinería, y ese savoir-faire sigue siendo una parte vital de su identidad. 

Cuando pensé en el Saddle bag, lo primero que me atrajo fue su forma orgánica, su  estructura redondeada y suave. No es un bolso rígido; se adapta al cuerpo, lo sigue, lo  abraza. Esa idea me inspiró para imaginar una fragancia que hiciera lo mismo: que se  fundiera con la piel hasta volverse una extensión natural de quien la lleva. 

El cuero que quise expresar en Cuir Saddle no es oscuro ni pesado, sino luminoso,  envolvente, del color de la piel. Un cuero que desaparece lentamente, que respira, que  deja solo su rastro cálido sobre la piel. Quería un perfume que tuviera la nobleza del  cuero, pero también su humanidad —esa capacidad de transformarse con el tiempo, de  volverse único en contacto con quien lo usa. 

Al final, más que una nota, el cuero se convirtió en un lenguaje. Es el hilo que une la  herencia artesanal de Dior con la emoción más íntima del perfume.

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¿Tienes ingredientes favoritos para trabajar? 

No realmente. Los ingredientes, para mí, son solo herramientas. No tengo una nota  favorita, porque cada proyecto exige algo distinto. Hoy trabajo con una materia que  mañana quizá no vuelva a usar. 

Me gusta pensar que el ingrediente es como una palabra: no tienes una palabra favorita  para escribir, sino aquella que mejor expresa lo que quieres decir. En perfumería ocurre  igual. 

Hay materiales que se repiten, lo que yo llamo comodities, como una coma o un  adjetivo que se usa con frecuencia. Pero el peligro está en repetir demasiado, en caer  en la costumbre. 

Para mí, crear no es repetir; es seguir la intuición. La repetición pertenece a la artesanía,  no a la creación. Crear es lanzarse al vacío con el instinto como guía, descubrir nuevas  armonías, nuevos gestos, nuevas emociones.


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Fotografías: L’Beauté